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VIRGEN DEL HORNAZO
a Alberto González
y Nelson Acosta
Soy el portavoz de la virgen María. Yo, Betulio Fuentes, el elegido a la margen izquierda del Tormes para divulgar la palabra, para iluminar el verbo y limpiar la tierra de falsos profetas. Yo, el hijo de la tierra del sol amada, de la fecunda zona que al sol enamorado circunscribe.
Pero ¿ eran dos los policías? ¿o eran tres? Eran dos las gorras, eran cuatro los golpes, eran dos los gritos que pretendían calmarme cuando mis manos arañaban la piedra para esparcir mis ruegos por la ciudad dorada. " Está bien, me voy con vosotros", les dije, " pero permitidme gritar una vez más en medio de la plaza y enterar a todo el mundo: señores, señoras, no caigáis en manos del engaño, en manos de la herejía. Es la Virgen quien habla por mi boca y os advierte: el niño Jesús no come Mortadela". Una vez más me empujaron hasta que entré en la patrulla y varios golpes se afincaron en mi espalda. Me defendí, lancé manotazos, ruegos, oraciones, mientras los ojos de Montserrat, la diabólica Montserrat, me miraban burlones desde una esquina de la plaza.
Fue ella. Claro que fue ella. Aunque se empeñen en decirme que ahora vive cerca de la Estación de Atocha allá en Madrid y que las gentes viajan desde Barcelona y hasta de Francia para pedirle consejo y bendiciones, sé que Montserrat no logra perdonar que yo revelase su farsa, que lo comentara en los periódicos, que lo declarara por televisión y radio.
"Quiero hacer una denuncia, señor agente", dije al llegar a la policía. Nadie me prestó atención. Los hombres esposados son poco llamativos, pero cerrando los párpados le pedí a la Santa Virgen del Hornazo que me llenara de fuerzas. Mi voz vibró en medio de la sala, sonó límpida, melódica. " Es verdad que hace un año venció mi visa y mi carnet de estudiante, pero soy el portavoz de la virgen, señores. Tenemos que salvar a este país de la herejía; os traigo la señal; os traigo el mensaje: el niño Jesús no come mortadela".
Todos rieron. Hace mucho tiempo todo el mundo ríe a carcajadas ¿ Puedes creer eso, Abraham? ¿ Puedes creerlo, Nelson? El hombre esplendoroso de aquellas noches salmantinas cuando enseñábamos a las alemanas a bailar salsa permanecía ahora humillado frente a dos policías de rostro áspero y cejas gruesas. Pero claro, es posible que tantos horrores provengan de allí, de los excesos de esos primeros meses cuando devorábamos los bares de la ciudad, felices de que aquí no hubiese atracos, que no hubiese ladrones, sólo muchachas en minifalda con la cadera estrechita y las nalgas redondas.
Así conocí a Montse. Era la tercera de izquierda a derecha, la que caminaba con más vigor, quizás porque era la única que no estaba perdidamente borracha. Las miramos, ¿recuerdas Abraham? y cantamos a dúo un merengue. Apenas nos observaron de reojo y sólo Montse se acercó a hablar. Preguntó de qué país veníamos y sonrió al saberlo pues ella tenía sangre venezolana. Su madre nació en Los Teques y se casó con un charro. A los pocos años regresaron a Salamanca para huir de las siete vacas flacas que ya asomaban en el horizonte. " Nací allá, en un sitio llamado Baruta", nos dijo y anotamos su teléfono para encontrarnos otro día.
No era muy bonita, tampoco divertida. Tan sólo tomaba un par de cervezas y bailaba como si le quedaran grande los tacones. Además se ufanaba de ser muy católica. Católica de misa los domingos y de voz baja y respetuosa al hablar de Franco. Así que esa noche cuando coincidimos presenciamos una de las escasísimas, de las remotas noches de marcha en las que Montse salía con las compañeras de curso a tomarse unas copas.
"¿ Qué pensáis vosotros de Franco?", nos preguntó una vez que la ciudad se encontraba conmovida porque al medallón del caudillo le habían lanzado varios potes de pintura. " Nosotros, querida niña, al salir del Aeropuerto de Maiquetía dejamos de pensar", respondió Nelson, entre trago y trago de Ribera del Duero.
A partir de ese desorden de los sentidos, de esa turbulencia del espíritu creo que nacen las pruebas que ahora me colocas, Virgen del Hornazo, Reina magnífica del Tormes. De otra manera no me explico tanta incertidumbre, tanto desasosiego ¿ Antiguas culpas, tal vez? La historia con el Profesor Méndez quedó atrás. Pedí perdón en la Iglesia, arrodillado en la Catedral, arrodillado frente al Cristo de las Batallas, arrodillado en el confesionario, arrodillado frente a ustedes, Abraham, Nelson, Salvador, que poco a poco se fueron alejando al comprobar que eran indignos de la luz con que yo los bañaba. Aparte de eso, Virgen madre del Hornazo, protectora de los sueños y desvelos, la idea no fue mía. La idea nació de Francisco, el venezolano que vivía cerca de la Estación de Autobuses y sufría desde tiempo atrás las burlas sangrientas del Doctor.
Ya se sabe que a menos que el Real Madrid juegue en el Helmántico, es difícil conseguir rapados en Salamanca. Los escasos brotes de xenofobia que allí ocurren se encuentran en sus baños: STOP INMIGRACION; ESPAÑA PARA LOS ESPAÑOLES; FUERA GUIRIS Y SUDACAS; ¡VOLVEREMOS A SER IMPERIO¡ Allí, en esas anotaciones, y en las clases del Doctor Méndez.
Al menos así lo vivieron siempre Nelson y Francisco. Un chiste grueso el primer día, otro el siguiente, una hilera en la mitad del año. Al final era obvio que el médico encontraba gracioso ofender a los hispanoamericanos. " Es por venganza", nos contaba Francisco pues conocía la historia del Doctor. Un hijo de obreros andaluces residenciados en Barcelona que tuvo siempre las mejores notas de su clase, los mejores resultados, las más esplendidas calificaciones, pero que vivió sus primeros tiempos de docente con mucha angustia.
Cuando ganó la oposición y fue elegido titular en una de las Universidades de Cataluña, el Doctor Méndez pensó que dejaba atrás un tiempo de humillaciones diarias. Creyó que el nuevo rango lo ampararía de los sobrenombres que le colocaban sus compañeros y vecinos: charnego, gitano, moro. Sólo que a los días percibió en sus colegas un tono de respeto contenido, de cuchicheos y susurros. Luego varios alumnos le dejaron notas en el casillero burlándose de su acento, de su sintaxis enrevesada cuando intentaba hablarles en catalán.
El día que entregó las notas y reprobó a más de la mitad del curso, su automóvil apareció con todas las ruedas desinfladas. Nadie supo quién fue el responsable. Nadie insinuó una investigación, un gesto de solidaridad o compañerismo. Intentó un cambio y sus notas y méritos le permitieron largarse a Salamanca donde al fin pudo librarse de esa pesadilla cotidiana, de esa sensación de desarraigo e inconsistencia. Allí desarrolló un humor feroz, una actitud agresiva con cualquiera que le recordase lejanamente los años anteriores. Obtuvo de inmediato ascensos sucesivos, cargos, reconocimientos importantes.
La primera clase que Francisco y Nelson tuvieron con él los detalló largamente con la mirada y luego frente a todo el curso les preguntó si como sudamericanos no tenían que aportar algunas nociones de brujería. " Vosotros sabéis, para exploraciones cerebrales sin anestesia", dijo con sorna. Francisco y Nelson sonrieron embobados, confusos. Ignoraban si ese humor era cotidiano en la Universidad. Luego los mismos compañeros les advirtieron que reaccionaran o padecerían el pos grado entero con esas bromas. "Es un facha hijo de puta. No dejéis que se quede con vosotros".
Tenían razón. El Doctor Méndez los llamó en semanas siguientes "Toro dormido" y " Aguila verde", y durante el resto del curso no volvió a referirse a ellos sino con esos palabras. "Toro dormido, ¿ alguna planta que usted conozca para este tipo de tumores?", " Aguila verde, ¿ sabe usted mediante la lectura del café algo que ignoremos sobre la hipófisis?". Eso sin contar el saludo de todas las mañanas, levantando el brazo y diciendo como en la películas norteamericanas: " Jao, gran jefe indio , ¿ estudió la materia o tuvo que adorar al dios Sol o a la diosa luna?".
Francisco y Nelson conversaron con él una tarde y le pidieron que moderara sus bromas. Méndez reaccionó sorprendido, como si no se hubiese percatado del calibre de cada uno de sus comentarios. Les explicó que sólo trataba de ser agradable en clase, pero que si ellos eran demasiado sensibles evitaría herirlos en el futuro. La clase siguiente los llamó "Toro dolido" y " Aguila frágil", y les interrogó sobre las propiedades de la lectura del tabaco en la exploración del Area de Brocka. Nelson se levantó de su silla y salió del salón. Francisco se puso en pie, le advirtió que si continuaba con sus chistes lo denunciaría en los periódicos de la ciudad. El profesor lo miró con las pupilas incendiadas. Sabía que ese tipo de incidentes eran delicados. Nunca más les dirigió la palabra. Ni para bien ni para mal. El único contacto que siguió estableciéndose entre ellos fueron las notas de los exámenes parciales: suspenso, suspenso, suspenso. " Este desgraciado va a lograr que me quiten la beca", gemía Francisco cuando tomaba unos tragos con Abraham y Salvador.
Un día cuando estábamos bebiendo cerveza en el Bar Pacific, Francisco insistió en la necesidad de una reacción. Nos miró a todos y yo que para ese momento aún no había recibido las luces de la Virgen del Hornazo me mostré dispuesto. " Para algo soy maracucho", afirmé. " Aunque sea tan sólo porque nací allí y estuve un par de días antes de que me llevaran a Caracas". El rostro de Francisco se iluminó. " Los wayú, los wayú que viven en esa zona", decía con felicidad. Después de un par de botellas de Ribera celebramos todos el nuevo plan que colocaría al Doctor Méndez en su sitio.
El lunes, Francisco, Nelson y algunos amigos españoles, compraron un corazón de vaca y lo colocaron frente al despacho del Doctor Méndez con una inscripción: Brigada Wayú. El martes colocaron en el mismo lugar la copia de una enciclopedia indigenista de Suecia donde podía leerse: " Son los wayú un aguerrido grupo indígena que habita la península de La Guajira, ubicada entre Venezuela y Colombia. Dedicados al pastoreo, fueron especialmente famosos por la ejemplaridad de sus venganzas. Antiguamente para el wayú, cobrar una deuda de honor significaba no sólo aniquilar al responsable directo de la ofensa sino a todos sus familiares inmediatos, incluyendo esposa e hijos pues estos podrían intentar en el futuro cobrar su propia venganza". El miércoles dejaron un dedo meñique que Nelson le había cortado a un antiguo cadáver de la sala de anatomía. Y llegó el jueves, y el jueves aparecí yo, compungido, lloroso. Después de hipear un rato frente al respectivo despacho solicité una cita con el Doctor Méndez y allí le conté mi supuesta desgracia. Cuando yo estaba pequeño mi padre estafó a unos wayú y estos entraron una tarde a casa y degollaron a toda mi familia. Únicamente me salvé yo porque estaba encerrado en la lavadora. Desde ese entonces huía de ellos. Esquivaba los lugares donde pudiesen encontrarme, donde pudiesen cerrar el círculo abierto aquel día cuando con machetes y cuchillos abrieron las gargantas de mis padres y mis hermanos. Mis noches eran la continuidad de ese horror. Los escuchaba avanzar por la escalera, abrir la puerta con un hacha y luego tomar mi cuello entre sus manos gélidas, huesudas. Al venir a España imaginé que escaparía de ese asedio, pero me topé con la sorpresa de que varios estudiantes de la Civil tenían sangre wayú. " Ellos no van a hacerme nada porque la venganza es de una familia en particular, pero sí usted los sigue alterando, recordarán su pasado guerrero y quizás comiencen por mí...", le dije mirándolo con ojos irritados como fresas, " o por usted, nunca se sabe". El rostro del Doctor Méndez quedó convertido en una luna de harina, una especie de cera blanquísima que provocaba moldear con las manos.
Pasadas unas semanas tuvimos noticias. El Profesor Méndez pidió un permiso por enfermedad pero antes dejó su planilla de notas: matrícula de honor para el curso entero.
Tal circunstancia desembocó en miles celebraciones, en largas botellas de Ribera paladeadas en los bares de la Rúa, en abrazos con los amigos españoles que nos habían dado su apoyo: "De puta madre, macho, habéis mandado a ese gilipollas a tomar por el saco".
Pero ahora comprendo que hice muy mal asustando a aquella oveja extraviada. Un hombre como yo, un hombre que ha visto al demonio frente a frente afirmar que el niño Jesús come mortadela debe mantenerse ajeno a las miserias humanas. Méndez era apenas una prueba para mi piedad, una señal de que en medio del desasosiego y la confusión yo debía colocar junto a él mi otra mejilla para que descargase su furia y su dolor.
¿Cuántas eran las Montserrat? Eran dos, eran tres. Una era la primera, la mujer aburrida que llena de bostezos nos acompañaba al café de la universidad y bebía con sorbos lentísimos, infinitos, una cerveza tibia color orine. La otra era mi amiga, la que al ver cómo Abraham, Nelson, Francisco y Salvador me escurrían el bulto, me llevó a su casa y me consoló del abandono masivo que provocaron mis primeras visiones. Y la otra, la otra es la que hace pocos instantes observó cómo en la Plaza Mayor me arrestaban mientras impartía un mensaje de luz y concordia.
Le digo al Policía que necesito hablar con él, explicarle mis motivos y apenas entreabre los ojos, como si mis frases lo aburriesen, como si mis palabras fuesen apenas globos de humo blanco. Quiero explicarle que todo es mentira. Montserrat y yo sólo fuimos amigos. Con Montserrat ni un sólo mal pensamiento. Ni de ella hacia mí, ni mío hacia ella, señor agente. Monserrat tenía las piernas flaquísimas, delgadas como alambre, pálidas pues casi nunca iba al mar y cuando lo hacía, su madre la buscaba en la orilla para cubrirla con un albornoz.
Es necesario que lo entiendan, que lo entienda este policía que ahora llega y murmura junto al otro palabras indescifrables. Que lo sepan ambos, que lo sepan los otros cinco policías que ahora aparecen. "Señores, hijos de la concordia y el amor de Dios sobre la tierra, Montserrat y yo no fuimos novios, y sobre todo, no lo olviden, el niño Jesús no come mortadela". Pero no me escuchan, no me prestan atención y por el contrario me colocan una vez más las esposas y me montan en una camioneta verde. " Adiós, tío, vuelves a tu Macaraibo", dice uno de ellos, y me
volteo para sacarlo de su error: " Maracaibo, señor agente".
Fue un lunes de agua. Mientras sacábamos de los morrales el jamón, las aceitunas, las botellas de vino y el hornazo, Nelson comentaba entre risas la maravilla de una tradición que conmemoraba desde el siglo XVI el regreso de las prostitutas a la ciudad.
Como todo el mundo en Salamanca nos fuimos al campo a pasar el día. Caminando durante dos horas por entre caminos inundados de una luz líquida, primaveral, llegamos a un pueblo abandonado. Paredes ocres, un campanario encorvado como un árbol agónico, restos de casas. Buscamos una buena sombra y nos echamos sobre la tierra. Frente a nosotros la meseta ardía con tonos verdes y azules al tiempo que las Encinas se estremecían apenas agitadas por una brisa invisible. Junto a los venezolanos de siempre estaban dos salmantinos, Valentín el gallego, dos extremeños, y una chica de Valladolid. Gente grata, amigable, pero que en ese día me atormentaba porque sufría yo una amanecida terrible y las voces joviales me repicaban en los párpados.
La madrugada anterior me fuí con Valentín a beber unas copas. Estuvimos conversando, bailando salsa con las alemanas que llegaban a España para capturar un poco de sol. Pasado un rato Valentín dijo que debía marcharse a estudiar. Nos despedimos pero yo me quedé con dos señoras llenas de arrugas que no hablaban castellano e intentaban emborracharme. Las vencí después de unas veinte coronitas. Tambaleante me retiré a buscar un poco de aire fresco, pero al salir tropecé con Nelson y Salvador. Iban a una fiesta y me convencieron de que los acompañara. Allí creo que acabé con otra botella de whisky y varios tragos de vinho verde.
Salí flotando a la calle. Vueltas, vueltas, vueltas. Mis piernas avanzaban con premura buscando el abrigo de la casa, pero sólo después de media hora descubrí que durante todo este tiempo me había limitado a girar en torno a la iglesia de San Marcos.
Un policía me acompañó hasta la puerta de mi portal y allí los recuerdos se fragmentan: escaleras, un bombillo roto, el buzón lleno de publicidades de comida china. Luego desperté en la cama y en el otro cuarto roncaba Salvador, mi compañero de apartamento. Me hice una sopa de pollo y le puse un par de huevos crudos, trituré dos aspirinas y las disolví en el caldo junto con un poco de sal y de pimienta. A las dos horas vinieron a buscarnos para la merienda del Lunes de agua.
Allí estaba yo sobreviviendo a los zarpazos de la resaca, nadando entre vapores helados que rebotaban dentro de mi cerebro. Bebí apenas una cerveza para recuperar la serenidad y después de varios minutos estuve en condiciones de darle un par de mordiscos al famoso hornazo: un pastel de harina de trigo relleno con chorizo, lomo de cerdo , carne de ternera y huevo en rodajas.
Cerré mis ojos para descansar un poco y evitar que la luz taladrara mis sienes. Dormí varios minutos. Un sueño superficial, lleno de ruidos, de voces. Cada tantos segundos me despertaba sobresaltado, como si dentro de mí alguien estallara un vidrio, golpeara una puerta. En un momento dado me puse en pie. Mi pecho brincaba como el de un caballo exhausto. Tomé el papel que envolvía el hornazo para secarme el sudor y cuando estaba a punto de hacerlo distinguí en él una figura, una figura difusa, con bordes indefinidos, nebulosos. Estuve un buen rato contemplándola, siguiendo con los dedos sus trazos hasta que aprecié claramente la forma piadosa y sublime de una virgen.
Busqué a los muchachos. Les mostré el papel y apenas me prestaron atención. Discutían sobre la crisis económica y política de Venezuela. " Jodidos, jodidos por lo menos cincuenta años", se gritaban unos a otros, " y sin un liderazgo, sin ningún liderazgo real", agregaban desconsolados. Insistí en mostrarles la imagen de la Virgen, les comenté que a lo mejor en la fe mariana estaba la salvación de Venezuela y uno de ellos dijo que mis rarezas estaban alcanzando un nivel preocupante. Rieron un buen rato y cuando emprendimos el camino de retorno Salvador no quiso mirar la figura. "Coño, Betulio, a mi abuela le quedaba muy bonito buscar los números de la lotería en las arepas, pero tú ya te estás pasando".
No me gusta molestar, santa Virgen del Hornazo, pero qué puede hacerse en una situación como ésta. El funcionario levanta los brazos, habla, grita, jadea, arruga los papeles donde está su discurso y seca con un pañuelo su rostro sudoroso. Los pasajeros y la gente del Aeropuerto miran con expectativa la inauguración de la ruta directa Madrid- Maracaibo pero yo quiero ir al baño. Le hago una seña al policía. Me ignora. Llamo a otro. Nada. Si no logro orinar mucho menos podré explicarles que Maracaibo en mi vida es sólo un accidente. Virgen del Hornazo, háblales tú, que sepan cómo a los días de nacido el tío Evencio me rescató del cuarto donde mi madre y mi padre dormían su última borrachera. Nadie espera por mí en esa ciudad. A nadie conozco, a nadie añoro. Virgen del Hornazo, soy tu portavoz, elegido esa tarde en Otero del Tormes a la margen derecha del río, ¿ qué voy a hacer en Macaraibo, Santa Luz de mis días?
El discurso parece concluir. Dos señores con saco de cuadros cortan una cinta y los pasajeros avanzan por el gusano hasta llegar al avión. Luego dos policías me conducen, me sientan con disimulo en la última fila y me quitan las esposas. " Buen viaje", dice uno de ellos, luego me inmoviliza las manos con cinta adhesiva y se sonríe.
Durante tres días estuve en el Bar Pacific mostrando a los clientes el papel para que confirmaran mi visión. Varios me apoyaron, otros sonrieron con escepticismo. El caso es que los venezolanos comenzaron a molestarse con mi insistencia y me pidieron que no los jodiera más con la imagen de la Virgen. " Respeten las señales ocultas", les advertí y me dieron la espalda para seguir hablando de fútbol.
Montserrat afirmó desde el principio que ella sí veía claramente la figura en el papel del hornazo. Me invitó a almorzar a su casa y sus padres me trataron muy bien. Rezamos juntos varios padrenuestros y comimos sopa de ajo, un cochinillo que ellos llaman tostón y ensalada de espárragos. Luego tomamos un poquito de vino, apenas una copita mínima y después fuimos a caminar por la ciudad.
Mi estómago brincaba de gozo. Desde cuatro meses atrás no me llegaba la beca de Venezuela. Todos los días mientras tuve unos pocos ahorros llamaba a la Fundación para que me enviasen el dinero y siempre una voz adormilada decía que el procedimiento estaba avanzando. "¿ Avanzando hacia dónde?" dije una tarde, "me van a botar del apartamento. Desde hace varias semanas sólo como pinchos de tortilla o pancitos con jamón, y las alemanas lo único que invitan son cervezas mexicanas." El hombre no lograba entenderme, tartamudeaba, tosía junto a la bocina." Bueno, pero pídele prestado a alguien", me aconsejaba mientras sus pulmones parecían retumbar como un barril. "Ya le pedí a todos los que podían ayudarme. Le debo a Salamanca entera". Mi anónimo interlocutor suspiraba, como rastreando en su mente una idea que le permitiese retornar a la lectura de su periódico. " Bueno, búscate un trabajo mientras tanto", decía el muy perro. Le expliqué lo difícil que era conseguir empleo para los propios españoles y aburrido me afirmó que al menos yo me encontraba fuera de Venezuela, que con lo difícil que estaban allí las cosas ya quisiera estar él en mi lugar . "Hijo de puta", rugí después de cortar la comunicación.
Cuando apareció la Virgen mi plan de regreso estaba madurando. En un par de semanas retornaría a casa de los parientes que me criaron y allí relataría el fin de la aventura hispana. Sólo que cuando los llamé para contarles gritaron que no volviese, que Venezuela estaba vuelta un desastre. "Acá no vas a conseguir trabajo. Quédate allá, quédate, esto se hunde, muchacho, se hunde", insistían con voces agónicas. "¿ Cómo me quedo, coño?" respondía yo mientras el teléfono se tragaba las monedas de mi escuálida cena.
Montserrat me dijo que le pidiera a la Virgen un milagro. Así lo hice y el almuerzo invitado por sus padres fue el primero de ellos. Luego aparecieron por casa unas amigas de la madre de Montse, se persignaron frente a la imagen, rezaron un rato dándose golpecitos en el pecho y luego me colocaron entre las manos dos mil pesetas para que le comprase unas flores a la imagen sagrada. "Esto debe ser una señal, virgencita", afirmé con humildad y robé una docena de Pensamientos en el Jardín de la Junta de Castilla y León. Luego fuí al hipermercado, compré frutas, pan, latas de atún, gambas, arroz. "Montse, es cierto", le dije al día siguiente, " la Virgen es milagrosa". Nos encontramos en la Plaza Mayor y compramos un marco y un vidrio para proteger la imagen del sol. Luego nos reunimos con varias viejitas amigas de Montse y organizamos una procesión por la ciudad para que todos supiesen de la aparición milagrosa de la Virgen del Hornazo. Estábamos tan contentos que Montse intentó besarme en la boca, pero yo giré la cara. Estoy seguro de algo: besar mujeres feas es pecaminoso.
A los días montamos en las afueras de la ciudad un pequeño altarcito. Entre flores y velas, la gente se acercaba a rezar junto a la imagen, a cantar canciones religiosas, a llevar enfermos deshauciados a los que yo acariciaba con mis manos y besaba mientras musitaba dulces palabras.
" ¿No te das cuenta?", dijo Montse un día con los ojos muy abiertos, " las personas se acercaban para ver la imagen, pero también para escucharte, eres el portavoz de la Virgen".
Los venezolanos me retiraron la palabra. Ya en la ciudad muchos les preguntaban si ellos también ejercían como cuidadores de la diosa del Hornazo. No les presté atención, les dije que la piedad también se cerniría sobre ellos. Por ahora, el pecado común de todos nosotros era ese desvalido Doctor Méndez que veía transcurrir sus días bajo el miedo de un inexistente ataque wayú, " si ustedes quieren salvarse deberían pedirle excusas".
Cuarenta grados a la sombra, como en el más feroz de los veranos salmantinos. Cuarenta grados a la sombra los doce meses del año. Tierra del sol amada, las señales de la Virgen ocultan un sentido. Por algo retorno. Por algo, entre tantos lugares donde mi misión puede cumplirse, vuelo en este avión y no en cualquier otro. Por algo durante todo el viaje la señora sentada a mi lado me cuenta que Venezuela está en ruinas, humeante, arruinada, podrida de tristeza. Llegaré en unas horas. Todos sabrán que para el portavoz de la Virgen no hay tiempo ni espacio, sólo palabras, sólo consuelos. Caminaré hasta la Plaza Bolívar y allí lanzaré mi mensaje de salvación. Les advertiré contra Montse, contra sus blasfemias. "El niño Jesús no come mortadela".
Después formaremos una procesión: el Lago de Maracaibo se abrirá en dos para dejarnos avanzar y con nuestros pasos recorrer la adolorida patria y llenarla con nuestro optimismo, con nuestra luz.
La familia de Montserrat nos retiró su palabra pues su confesor les dijo que nosotros estábamos insultando a la Iglesia. Igual nos pasó con otras tantas de las señoras que nos acompañaban en las procesiones y en los ritos de curación. Pero mucha más gente se acercó a nosotros. Ex-drogadictos, jugadores de fútbol, toreros, viejitas, y hasta un señor de apellido Vicent que durante años vió llorar a las vírgenes de las Catedrales pero que no pudo apreciar de nuevo el milagro desde que en el 82 ganaron los socialistas en España.
Ya la fama de nuestras curaciones con la imagen era infinita. Incluso Montse no se limitaba a revelar los mensajes que la Virgen deseaba transmitir por mi boca, sino que había desarrollado un curioso sistema curativo: aquellos creyentes que se acercaban a nuestro templo eran auscultados y si tenían alguna enfermedad provocaban en Montse unos larguísimos eructos. A más eructos peor diagnóstico. Eructos gruesos, eructos vibrantes, eructos en sordina. Sólo que en esos mismos días de esplendor, y para compensar las ofensas al Doctor Méndez, yo tenía nuevas ideas sobre nuestro apostolado.
Montse se opuso desde el principio. Le aclaré que el portavoz de la Virgen era yo y no ella. " Pero es que no me llega esa señal, Betulio, no la oigo, no la siento", respondía llevando las manos a sus sienes. Peleamos con dureza: mi amiga no aceptaba que yo también estaba en capacidad de captar el sagrado mensaje. Debíamos ir a Madrid a catequizar las hordas de cabezas rapadas que en las noches perseguían extranjeros para triturarles los huesos. Monserrat afirmó que se trataba de una locura, cientos de personas pasaban por nuestro altar diariamente pidiendo ayuda y sanación; mudarnos de ciudad implicaba abandonar a esa gente. " Pero estos muchachos necesitan alguien que les tienda una mano y cure sus almas llenas de odio. Si nadie lo hace terminarán siendo como el Doctor Méndez", le respondí.
- Bueno, te vas pero yo me quedo con la imagen- dijo una Montserrat retadora y firme.
- Es mía. Soy yo quién la vió aparecer.-
Los dos corrimos. Cada uno tomó la figura de la Virgen por un lado. Traté de dar razones, de tranquilizar a una enfurecida Monserrat que me propinaba patadas y hundía sus uñas en mi pecho. A la derecha del altar una inmensa vela roja derramó su tintineante luz sobre la habitación. Tomé la vela con mis manos y golpeé a la muchacha un par de veces. Sin fuerza, sin mayor malicia, sólo lo suficiente para que me dejase marchar. Atontada cayó al piso y yo fuí al lugar donde guardábamos las colaboraciones de los feligreses. La Virgen del Hornazo me ordenó que tomase la mitad y luego viajase a Madrid a ganar para el culto a los cabezas rapadas.
Al llegar al Aeropuerto otra recepción. Discursos, una cintica, dos grupos de gaitas, una mesa con cervezas, y al fondo varias pancartas: INAUGURACION DE LA LÍNEA MARACAIBO- MADRID. Un hombre gordo y su bigote poblado comienzan a leer otro discurso mientras cuatro policías se acercan y me colocan las esposas. " Si esa es tu voluntad, que así sea, Virgen del Hornazo", digo cuando me empujan contra la pared para revisarme.
Oh tierra del sol amada, dos son los golpes que me dan en las costillas. ¿ O son tres? La señora con la que he venido conversando todo el viaje sobre la Virgen del Hornazo murmura: "joven, ¿ por qué lleva las manos atadas", " la virgencita me ha encomendado salvar a Venezuela, señora". La señora se persigna y lanza varios gritos para que los policías no vuelvan a hundir sus cachiporras en mi abdomen.
Estuve en Madrid varias semanas. Al principio investigué sobre las distintas tribus de cabezas rapadas pues si bien todos eran físicamente similares: chaquetas oscuras, insignias nazis, botas militares, sus presas de caza resultaban diferentes. Me hablaron de varios que se especializaban en catalanes y vascos. Otros preferían gallegos, canarios y fanáticos del Barça. Después de mucho buscar al fin tuve una lista de los hispanoamericanistas o de aquellos que les daba igual cualquier origen con tal de propinar unas buenas patadas.
Fui al metro a encontrarlos. En las tardes se dedicaban a moler las costillas de los inmigrantes zaireños que vendían pañuelos. Tuve suerte. Diez de ellos terminaron su faena y luego subieron por Moncloa. Los vi beber unas cuantas cervezas, escupir a un adolescente que esperaba el autobús y al llegar al Parque del Oeste presencié como rodeaban a una mujer negra y a su niña. Les gritaron, les dieron varios empujones hasta que tomaron a la niñita y comenzaron a pasársela como si fuese una pelota de basket. La madre rugía implorando ayuda. Después de un rato apareció la policía. Los rapados corrieron y yo me lancé tras ellos para no perderlos de vista. En una calle sin salida pude darles alcance. Me coloqué a su lado, sudoroso, exhausto. Después de tomar varias bocanadas de aire comencé a hablar.
- Hijos del odio, aquí estoy para devolveros el amor de Cristo y el de su madre la Virgen del Hornazo. Arrodillaos, pedid perdón y os será concedido.
Mis dientes flotaron en el aire como una lluvia de escarcha. Varios de los rapados me tomaron por la espalda y mientras ordenaban que cantase " Cara al Sol" me propinaban certeros puñetazos en el rostro. Luego brincaron con sus botas sobre mi columna y mis rodillas, patearon mi hígado por turnos y después destrozaron la imagen de la Virgen.
Derrotado, regresé a Salamanca. Deseaba hacer las pases con Montserrat y reiniciar la tarea que iniciamos juntos. Cuando llegué, Montse tenía en nuestro altar un Niño Jesús que comía mortadela, y supe que para realizar las curaciones entraba en trance y por su garganta se dejaba escuchar la voz del General Franco. La increpé, la tomé por lo hombros para gritarle que eso era una estafa pero los fieles del culto me expulsaron (casi que podría jurar que uno de ellos se parecía bastante al Doctor Méndez).
Estuve dando tumbos por la ciudad varias semanas, pero ninguno de los antiguos amigos quiso ayudarme. La beca venezolana nunca llegó y desde varios meses atrás yo había perdido el carnet de estudiante y la visa. Alguien me dijo que Monserrat tenía ahora un nuevo altar en Madrid, otro en Bilbao, y otro en Barcelona y que España se estaba llenando de Niños Jesús que comían Mortadela para curar el cáncer.
Fuí a la Plaza Mayor, indignado, pedí fuerzas a la Virgen para que todos escuchasen mi verbo. ¿Eran dos los policías? ¿ O eran tres?
Tierra del sol amada, fecunda zona que al sol enamorado circunscribes, gracias a tu ayuda, Virgen del Hornazo, la señora que habló conmigo en el avión ya tiene reunidas como quince personas que gritan junto a ella para que los policías me suelten. Llega una brigada antimotines y rodea a las mujeres. Comienzan los empujones, los chillidos. La mesa con las cervezas sale rodando y yo aprovecho la confusión para correr fuera del Aeropuerto. Varios pasajeros se ponen de parte de las señoras; acorralan a la policía a golpes de maletas y sillas de plástico.
"El país está muy mal, muy arruinado", me dijo la señora en el avión mientras yo le contaba sobre la Virgen del Hornazo. Al salir a la calle me doy cuenta de que es verdad, un musgo color arena cubre las casas, los árboles, los carros, el cielo.
El sol rechina sobre el piso y levanta una humareda aceitosa que cubre la ciudad hasta borrarla. Un brillo punzante hiere mis ojos. Avanzo sin mirar hacia los lados y logro confundirme entre un grupo de turistas.
Con grandes zancadas logro llegar hasta el brillo esponjoso del lago. A mis espaldas crece un ruido de sirenas, de helicópteros. Te invoco de nuevo, Santa Virgen y me lanzo al agua. Una densa materia me cobija. Mis brazadas apenas logran abrir el espesor de estas olas, de este líquido oloroso a engrudo. Cuando siento que mi pecho vibra exhausto doy un giro y vislumbro la orilla: apenas he avanzado unos metros pero distingo a un grupo de personas que intentan seguirme: ancianas, niños, hombres barbudos, guardias nacionales. Recuerdo quién soy, recuerdo mi misión, y lleno de tranquilidad y fe me detengo. Levanto las manos y dejo de nadar. "Que se abran las aguas", murmuro. La gente se lanza al lago. Algunos se hunden, desaparecen, pero yo repito con voz firme mientras me deslizo hacia el fondo: "Que se abran las aguas" y siento cómo me voy haciendo ligero, como a mi alrededor todo comienza a ser muy lento, muy callado, sólo murmullos, sólo azul.
Si yo no fuera el portavoz de la Virgen, creo que en este
preciso segundo estaría empezando a asustarme. Un denso sabor a mortadela hierve en mi boca.
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