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Juan Carlos Méndez Guédez

 

1971

Alfredo pensó en una cuerda que se iba haciendo delgada, que se iba afinando hasta convertirse en un hilo cortante. Luego escuchó un sonido, una especie de latigazo que parecía estallar sobre sus músculos, pero cuando estaba a punto de desvanecerse la muchacha saltó sobre su hombro y lo mordió.

¿Te gustan mis mordiscos?, pregunta Érika.
La desnudez de la mujer incendia el cuarto con un transparente olor. Alfredo la abraza. Luego busca en el espejo la huella sobre su hombro: una especie de figura musical, una redonda. La piel enrojecida calca ese último segundo en que ambos parecían una erupción. Sólo allí pueden persistir: como un abrazo de uñas y dientes y salivazos y otra vez uñas y otra vez dientes y



Fue a finales de junio. Sospechó que se trataba de un castigo, pero luego le explicaron que mientras su madre no consiguiese otro trabajo él viviría mejor junto a los abuelos. Con las semanas se fue adaptando a la nueva situación y hasta disfrutaba de las horas sin clases, de las excursiones para buscar mangos verdes, de las tardes cuando cantaba las melodías que brotaban del radiecito colocado sobre la nevera.
Vivió de esa forma durante los tiempos iniciales. Ajeno a la ciudad, al barrio, a sus primos.
Acostumbrado a permanecer con su mamá, para Alfredo la cercanía de otras personas resultaba una mezcla de atracción y miedo, de seducción y rechazo. En presencia de sus abuelos y sus tíos cada gesto era una amenaza catastrófica, un desastre posible. De allí su timidez, sus temblores al sentarse en la mesa.
La primera noche ( y sí, estaban en junio pues los atardeceres eran nubes de esmalte, máscaras al rojo vivo sobre el cielo) le costó mucho llegar al lavamanos y tuvo que apoyarse con todas sus fuerzas para alcanzar el grifo. Luego sintió el golpe del agua, la explosión, y entre borbotones y advertencias alguien lo levantó en brazos para que los pedazos de cerámica esparcidos por el suelo no pudiesen herirlo. La casa se inundó. Durante la madrugada sus tías debieron limpiarla mientras su abuelo detenía la hemorragia de las tuberías con una llave.
La mañana siguiente Alfredo quebró una taza; luego rasgó una cortina con su reloj y pocas horas después, cuando corría tras un balón de fútbol, su brazo se enganchó en la alambrada. Parecía condenado a esas mínimas tragedias, por eso prefirió medir cada paso, calcular cada acción en aquella casa hostil donde pese a todos sus desmanes las personas lo seguían mirando con una comprensión especial.

Muy pronto pudo memorizar el nombre de sus tíos y tías. Variaciones del rostro de su abuelo: piel morena, nariz afilada, cejas gruesas. Pero sus primos continuaron siendo una mancha borrosa. Sólo pudo precisar a uno de ellos pues tenía más o menos su edad y se orinaba el colchón. Cada amanecer, un olor ácido, añejo, rebotaba por el cuarto y Alfredo escuchaba cómo se repetían los llantos y las reprimendas.
Quizás por eso fue el único de todos ellos con quien comenzó a jugar desordenados partidos de béisbol, a pasear en tímidas aproximaciones a ese descampado polvoriento que circundaba la casa, a lanzar piedras contra los galpones de la avenida.
Fue su primo Hermes (así se llamaba por un capricho de la abuela) quien le mostró el barrio y le advirtió de sus dos peligros. La esquina de la calle 1, un lugar desde donde irrumpían veloces camiones, y Pastora, la niña de cuatro años que vivía en la casa de al lado.
Le prestó atención. Sin embargo, el primer mes nada peligroso llegó a ocurrir. Alguna herida en los labios por comer mangos verdes; un dedo inflamado por el ataque de un bachaco; raspones en las rodillas. Pero ni la calle 1 ni Pastora estuvieron a su alcance; se convirtieron poco a poco en una amenaza sin rostro, un miedo al que le faltaba la evidencia de un cuerpo, de una voz.

Vivió un tiempo sumergido en esa quietud. Días blandos, simétricos, que se expandieron hasta esa tarde cuando Alfredo vio a los niños jugando dentro del Jeep de los vecinos. Ya conocía a varios de ellos, y además el propio Hermes se asomaba por una de las puertas dando gritos jubilosos. Sin pensarlo se unió a ellos. Olía a cuero, a jabones baratos y el piso estaba recubierto por periódicos. Alguien imaginaba que el Jeep avanzaba por carreteras lluviosas, llenas de ríos color café con leche y piedras inmensas que saltaban sobre la carretera como conejos.
Entre gritos, los otros muchachos esquivaban los troncos que se desgajaban sobre el asfalto, evitaban las centellas que humeaban junto a los precipicios. Hermes dijo que debían saltar para refugiarse en una cueva y si bien varios salieron disparados por las ventanas, Alfredo quiso controlar la huida. Dió un brinco y se colocó frente al volante. Le gustó esa sensación de ajustar los dedos en torno a aquella superficie de madera, alzó la vista y sus mandíbulas se apretaron dispuestas a un avance heroico en medio de la montaña que comenzaba a derrumbarse. La tierra sonaba como un trueno y en ese mismo segundo una niña saltó junto a la palanca de las velocidades. Tropezaron. Alfredo quiso moverse para que los dos pudieran colocarse en el asiento, pero la niña lo miró con ojos fijos. Alfredo sonrió, un poco por cortesía, y luego sintiendo que algo helado se esparcía por su cara, una sospecha, un recuerdo sin forma ni


Érika vuelve a abrazarlo pero él sigue silencioso, el rostro vuelto hacia una de las ventanas por donde entran las luces cenicientas del amanecer. Cada tanto, Alfredo llena de aire sus pulmones y fija la mirada en las marcas que le han dejado los dientes de Érika. Ella le habla sobre unas entradas a la Ópera y él sonríe. Su concentración se adhiere a la huella que retiene su piel, esa luna que minuto a minuto comienza a borrarse dejando tras de sí un levísimo rastro de



Lanzó un grito desgarrador y gracias a eso Hermes pudo desprender a Pastora de su mano. Sus dedos ardían. Tembloroso se bajó del Jeep y entró corriendo a la casa sin atreverse a mirar. Cuando llegó a la cocina la abuela lo tomó por la barbilla hasta que pudo calmarlo. Desde el dedo índice bajaba un hilo espeso de sangre.
Lo lavaron con Kerosene. Un olor denso, aceitoso, que se detenía sobre las marcas del mordisco. Alfredo cerró los párpados pero seguía viendo la piel levantada en diminutos orificios. Era como tener una astilla caliente entre los dedos.
Durmió mal esa noche, pero cuando amaneció apenas recordaba la herida. Salió junto a Hermes a dar carreras en un terreno baldío, luego apostó con el resto de los muchachos sobre quién podía arrojar más lejos las semillas resecas de los mangos.
Fue poco después cuando Pastora irrumpió desde una esquina para propinarle a Alfredo sus feroces mordiscos. La primera oportunidad en una pierna, luego en la espalda y finalmente en el brazo derecho. Al principio se repitieron los gritos y las quejas. Ya luego, Alfredo se fue acostumbrando y hasta desarrolló cierta habilidad para desprender la boca de Pastora cada vez que se adhería a su piel.
Esa noche, era capaz de retarla a que intentase morderlo mientras ella se lanzaba en carrera para alcanzarlo.
Antes de dormir, Alfredo se metió bajo la regadera y al pasar el jabón por sus heridas sintió un ardor desconocido, algo entre la rabia y la risa para lo que no tenía nombre, unas ganas de seguir mucho rato bajo el agua mirando las líneas rojas que surcaban su

 

La observa vestirse y sólo entonces puede reaccionar. "¿Qué tienes, Érika?". "Estás muy raro, desde hace rato estás muy triste, muy jodido", responde ella. Él la abraza hasta que la mujer se convierte en un suave peso entre los brazos. La mañana entra de lleno en la habitación: ruido de autobuses, olor a café. "Perdona. Es que de repente me di cuenta de muchas cosas. No tiene que ver con los dos. Fue hace veinticinco años en Barquisimeto". Érika lo mira con extrañeza. Al fondo de sus ojos se repite el brillo color durazno de las lámparas. "Era una guarita llamada Pastora. La odiaba porque duró meses sacándome sangre a mordiscos. Creo que hasta llegué a lanzarle piedras junto con mi primo Hermes... Pero los últimos días comenzamos a llevarnos bien, a jugar juntos. Me encantaban esas vacaciones porque sabía que Pastora estaba todos los días frente a la casa de mis abuelos, esperándome. Eso a mi primo le daba mucha risa... No sé muy bien cómo terminó aquel viaje. Un día mi mamá me buscó y me trajo de nuevo a Caracas. A los meses sonó el teléfono y escuché a mamá sollozar. Esa tarde me dijo que nunca volviera a nombrar a Hermes frente a la abuela pues él se había ido a estudiar a Guanare".

Érika apoya su rostro en las piernas de Alfredo y él agradece su gesto. Se siente atenazado de calor, como si la ciudad estuviese rodeada por un gigantesco incendio. Toma dos sorbos de agua y acaricia la punta de la nariz de su novia."Claro que después supe que Hermes murió el día que llamaron a mamá. Y me jodió mucho. No sé si por saber que no lo vería, o por ver a mi madre insistiendo con el asunto de Guanare... Fue en un paseo. Un paseo que hicieron los vecinos con un Jeep en el que jugué muchas veces. Invitaron a Hermes y él se montó. Un camión los golpeó de frente apenas a una cuadra de la casa. No se salvó nadie y allí también iba Pastora. Y hoy cuando me mordiste fue que volví a pensar en ella. ¿te das cuenta? Todos estos años y sólo hoy pensé en ella".

Ambos se levantan. El reloj marca las siete y deben marcharse al trabajo. Alfredo quiere irse a casa y dar cualquier excusa pero imagina que Érika se extrañará demasiado. "No pasa nada, mi amor. No pasa nada. Es que mientras más feliz estaba siendo...". Deja de hablar unos segundos, con lentos ademanes se coloca la camisa, ajusta cada botón, acomoda el cuello. Quiere permanecer el resto de la semana perdido en detalles como ése pero su novia no deja de mirar cada uno de sus movimientos. "Y es que al final siempre va a faltar algo, al final hay un olvido, un detalle, como si cada vez que tenemos muy cerca a alguien, es porque hemos terminado perdiendo a otra persona".

Sin mayores explicaciones Alfredo camina hasta el baño, con mucha lentitud se quita la ropa y se coloca bajo la ducha. El agua parece sumergirlo en una cierta sensación de trasnocho. Con un jabón comienza a frotar la piel y reconoce bajo la apariencia reiterada de sus lunares, el rastro de alguna cicatriz antigua (¿el sarampión, Pastora, una alambrada?). Minutos después, mientras se seca con la toalla quiere pensar en algo que equivalga a una despedida tardía, a un largo adiós, pero Érika comienza a llamar desde

 

La niña apenas levantó el rostro. Sus manos siguieron jugueteando con el barro mientras Alfredo vió que Pastora tenía unos ojos redondos, almendrados. La contempló sintiendo que ese descubrimiento lo llenaba de vértigo.

"Pero volveré el año que viene", le dijo con voz cómplice, susurrante.
Sin pensarlo saltó sobre ella, tomó su rostro entre las manos y le dió un sonoro mordisco en la mejilla.

 

 
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