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Juan Carlos Méndez Guédez

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"Nos están tratando de vender un país sostenido en el odio "
El Impulso, Barquisimeto, 2004

El autor barquisimetano cuya novela, Una tarde con campanas, acaba de ser premiada en España y será publicada por Alianza Editorial, advierte de la existencia en Venezuela de “presos políticos, exiliados, gente torturada, medios amenazados, grupos paramilitares practicando tiro al blanco en la calle y una debacle económica feroz”

“Cuando Jorge Rodríguez, siguiendo las órdenes de su capataz de Miraflores, nos desaparece a los venezolanos que vivimos en el exterior y nos niega derechos humanos y constitucionales, sólo logra reafirmarnos en la necesidad de trabajar con todas las fuerzas necesarias para que esta pesadilla, este cuartel de mediocres que rige a Venezuela, abandone el poder en algún momento…”


En España les cuesta pronunciar el nombre “Barquisimeto”. Acostumbrados –ocurre con frecuencia- a identificar a los países con sus capitales y a quienes llegan como procedentes de la misma ciudad, “Barquisimeto” es un nombre curioso que aprenden a querer al descubrir su musicalidad.

Pero Caracas ya no será Venezuela. De eso se están ocupando nuestros autores. Escritores, por ejemplo, como Juan Carlos Méndez Guédez, barquisimetano, quien vive en Madrid y acaba de resultar finalista del V Premio de Novela Fernando Quiñones con Una tarde con campanas. El certamen fue convocado en Cádiz por la Fundación Unicaja y la edición del texto correrá a cargo de la prestigiosa Alianza Editorial.


El mestizaje es un proceso natural y cotidiano

-En una de sus últimas declaraciones, concedidas al diario EL IMPULSO, Salvador Garmendia afirmó: “Juan Carlos Méndez Guédez será el autor venezolano de los próximos diez años”. ¿Este premio y el alcance que tendrá la edición concede verdad a las palabras del escritor?

-Tu pregunta me llena de melancolía. Siempre admiré a Salvador Garmendia. Lo leí con verdadero deleite y admiración, y a pesar de eso apenas nos conocimos. Sólo hablamos una vez en la vida. Allá en Caracas cuando se presentó mi novela Árbol de luna.

“En esa ocasión cruzamos algunas palabras y yo me emocioné mucho porque él habló con verdadero cariño de mi trabajo. Luego murió y nunca pude agradecerle su generosidad, su ejemplo literario”.

“Espero que Una tarde con campanas le dé la razón a Garmendia en el sentido de que soy un autor dedicado por entero a mi trabajo, inmerso con frenética pasión en lo que hago.”
Confía en que los lectores lo entiendan como un fragmento en el vasto universo de la literatura hecha por venezolanos. “Ojalá mi libro sirva para que algunas personas se acerquen con afecto y placer a autores como Teresa de la Parra, Antonio Márquez Salas, Bernardo Núñez o Pocaterra. Que vean allí una parte fundamental de eso que somos: un pueblo extraviado en sus delirios, en sus euforias, en sus tristezas, en sus alegrías”.

También propone que los lectores se reconozcan en autores actuales como Francisco Massiani, José Balza, Israel Centeno, Oscar Marcano o Juan Carlos Chirinos.
“Está muy bien leer la literatura almibarada de Isabel Allende, de Coelho, de Antonio Gala… la vida, en ocasiones, necesita dulces empalagosos, pero los venezolanos deben darle una oportunidad a esos libros que tal vez les digan cosas cercanas”.

No oculta su tristeza al visitar las librerías en Barquisimeto y sólo observar a esos “autores empalagosos”. Les reconoce su poder de vender mucho, “pero si el librero confía en una novela de Massiani y la recomienda a los lectores, seguro hará un buen negocio y además estará haciendo más por nuestro tejido social que todos esos planes disparatados que ahora mismo se están lanzando desde el poder”.

“Un país que lee a Massiani y ríe con una novela como Piedra de mar, tendrá el humor, el amor y la ternura como herramientas vitales. Será un país más sano, más inteligente y lúcido.

-Una tarde con campanas, la novela premiada, se asoma al fenómeno de la emigración desde la mirada de un niño. ¿Cómo se generó el proceso de escritura?

-Una tarde iba en un autobús y me fijé en un niño con rasgos latinoamericanos que hablaba con acento madrileño.

Pensó en “los nuevos españoles que a un mismo tiempo son ecuatorianos, peruanos, hondureños, argentinos, venezolanos... y crecen en medio de una tensión sabrosísima y dramática: el pertenecer a dos universos, el vivir escindidos entre la realidad que se respira en su casa y en la calle”.

La idea fue inmediata: Aquí hay una novela. Novela que no existía en el contexto de la literatura venezolana y en el de la española, así que sintió la obligación de escribirla.
“Supe además que la voz principal de ese libro debía ser la de ese niño. Así nació esta narración, la cual pretende movilizar mucho las emociones de los lectores, divertirlos, al punto que las situaciones dramáticas, y hasta tristes, serán transformadas por la mirada del niño, quien las impregna de un tenue humor”.

-Abordar la nostalgia desde una perspectiva mestiza debe ser un viaje apasionante por la intensidad de los recuerdos...

-Para mí el mestizaje es un proceso natural y cotidiano. Mi hija en este momento habla con una mezcla de palabras madrileñas, venezolanas, canarias y hasta alguna en italiano. A mi hija le costará mucho odiar a alguien porque pertenezca a un sitio distinto al de ella, porque es de muchos sitios.

En la obra artística le interesa el mestizaje como expresión de una nueva cultura en la cual se entremezclan dos o más que antes estaban separadas.

En Una tarde con campanas opera esta pluralidad mestiza: los lenguajes de Latinoamérica y de España “se tropiezan, se combinan”.
Además “el universo de leyendas que alimentó mi infancia en Venezuela (de por sí una mezcla de leyendas españolas adaptadas a nuestra realidad y de mitos indígenas), se pone en contacto y se transforma al relacionarse con el mundo de las leyendas gallegas”.


No lograrán que dejemos de pensar

-La intextualidad en el hecho narrativo le concede una pluralidad, una “sinfonía” textual que pone al propio autor a dialogar con otras escrituras. Esta es una técnica presente en sus otras novelas y también evidente en la premiada...

-Escribir es colocar tu escritura como un espejo que refleja y distorsiona la realidad y refleja y distorsiona otros libros. Escribir es diálogo con lo real, pero también con ese segmento de lo real que es la imaginación de los otros.

“Mi vida está hecha de otros libros y cuando elaboro una novela, no puedo impedir que ellos hablen a través de mí”.

En Una tarde con campanas, Marinferínfero, “ese personaje entrañable que Salvador Garmendia construyó en Memorias de Altagracia” aparece caminando por Madrid; además hay “guiños” a las novelas de Bryce Echenique, a las de Manuel Puig, a la obra de Alfonso el Sabio, a la narrativa de Álvaro Cunqueiro, y el título de este libro surge de un poemario de Antonio Hernández: El mar es una tarde con campanas. “Un escritor es tan sólo un recopilador de historias ajenas que intenta mantener viva la imaginación de la especie y quizás en ese proceso su propia voz incorpore un sentido desconocido, pero él nunca tendrá plena conciencia de ello”.

-Que el protagonista de Una tarde con campanas y su familia debiera abandonar el país, ”entre otras razones por la miseria económica y la represión paulatina que un gobierno militarista está instalando en el país”, nos acerca demasiado a la realidad de la Venezuela actual. Nuestros autores, aun en la distancia, no pueden evadirse del drama de la realidad nacional

-Es imposible evadirse. Hay una frase en el diario de Césare Pavese que puede servir para ilustrar: “Sientes la vida política, sólo en tiempo de crisis totalitaria”.
“Eso es lo que nos ocurre ahora mismo. Sentimos la vida política porque se nos está tratando de vender un país sostenido en el odio, en el dominio de una casta militar iluminada que quiere resolver la crisis utilizando la masacre como herramienta política, aplastando la disidencia del país”.

No sé, comentó, si la gente se da cuenta de que ahora mismo tenemos presos políticos, exiliados, gente torturada, medios amenazados, grupos paramilitares practicando tiro al blanco en la calle y una debacle económica feroz, una pobreza cada vez más creciente que estos dirigentes chavistas quieren resolver con gallineros, cultivos de lechugas y sembradíos de caraotas en las escuelas. Es todo muy patético, y daría risa, si no supiésemos que este disparate tiene como único fin que Chávez y su banda sigan enriqueciéndose y disfrutando del poder hasta el fin de los tiempos.

No lograrán, afirmó, que dejemos de pensar y de actuar a favor de un país pacificado, justo, productivo y dirigido por civiles competentes.

“Cuando Jorge Rodríguez, siguiendo las órdenes de su capataz de Miraflores, nos desaparece a los venezolanos que vivimos en el exterior y nos niega derechos humanos y constitucionales, sólo logra reafirmarnos en la necesidad de trabajar con todas las fuerzas necesarias para que esta pesadilla, este cuartel de mediocres que rige a Venezuela, abandone el poder en algún momento…”

-¿Quién es Juan Carlos Méndez Guédez, un exiliado o un emigrante?

-Qué pregunta tan difícil. Los personajes de Una tarde con campanas no lo saben a ciencia cierta. Y uno como lector ignora si debieron exiliarse por la amenazante situación política, por la miseria o por ambas cosas.

“Vine aquí (a España) como estudiante. Digamos que en las mañanas soy un exiliado voluntario y en las tardes emigrante. Lo digo porque se supone que el emigrante se desplaza por razones económicas, y yo en las tardes, cuando se me comienza a acabar el dinero, dejo de ser un exiliado.”


De orilla a orilla

Una tarde con campanas debe estar en las librerías españolas en el mes de febrero de 2004, justo cuando Horacio Vázquez Rial (el ganador del premio) y Méndez Guédez (finalista), inicien la gira promocional por España.

El libro estará en todo el mundo de habla hispana de la mano de Alianza Editorial: México, Colombia, Argentina, Perú, Ecuador, Chile, Guatemala, Costa Rica, Uruguay, Honduras, El Salvador, Paraguay, Venezuela... En el catálogo de las colecciones de Alianza figuran nombres de prestigio: Lezama Lima, Mishima, Handke, Broch, Berhardt, María Zambrano, Borges, Kafka, Carpentier...

-De la escritura literaria hay muchos mitos y otras verdades.¿Cuánto le deja a la escritura, a su vida familiar y a su propia intimidad?

-La escritura es una forma de intimidad. Es como una segunda piel. Vivo sumergido en el espacio de las palabras que leo y escribo.

Un escritor no es una persona sencilla para la convivencia: trabaja en casa, se distrae constantemente, se encierra para leer, necesita instantes de soledad y silencio. Sin embargo, vivo a plenitud mi espacio familiar.

“Crecí en un mundo donde faltaban ciertos afectos, pero donde sobraban otros. Crecí protegido y cuidado por el cariño rabioso de muchas mujeres: madre, tías, primas, madrinas…Aprendí a querer y a respetar ese espacio que ellas crean, y ahora intento que las personas próximas sientan que el espacio que compartimos es un país para los pequeños milagros: una taza de café que bebemos juntos, unas risas mirando una película de Wilder, un abrazo escuchando a Carlos Vives…pequeñas cosas”.


Lo maravilloso de este oficio es la imperfección

-Comenzó escribiendo cuentos pero le agarró el gusto a la novela...

-Es un proceso normal. No tiene mucha lógica, pero así ocurre. Son dos modos distintos de enfrentar el relato. La explosión súbita y unificadora del cuento y la expansión inabarcable de la novela.

“A la novela llegué como una consecuencia de mi deseo por experimentar el género, pero también gracias al tiempo, al sosiego que me permitió vivir en España”.

-También ejerce la docencia en el difícil terreno de la creación literaria. ¿Hay alguna fórmula mágica para escribir bien?

-No. Ninguna. Lo maravilloso de este oficio es la imperfección. Siempre sientes que cada trabajo pudo ser más preciso, más sonoro, más hondo. Por eso continúas peleando con las palabras para creer que te aproximas a una escritura espléndida. Al ver que no lo logras, vuelves a intentarlo y así siempre…así continúas. La imperfección es el motor que te conduce.

-¿Y para ganar el Nobel?

-No tengo ni idea. Pero ese es un premio que no ganaron Borges ni Cortázar. Y en cambio lo recibió un autor tan mediocre como Saramago. Habría que preguntarle a él su fórmula. Tal vez consista en continuar siendo estalinista, en ganar mucho, muchísimo dinero gracias a sus continuos mensajes a favor de los pobres del mundo.
“No quiero ser injusto. Los jurados del Nobel a veces se equivocan. Por eso lo recibieron Octavio Paz y Coetzee. Dos autores brillantes y fundamentales. Pero el año que viene seguro lo recibe Gruber Odreman o Isaías Rodríguez”.

-Además de disfrutar este triunfo, ¿qué otros proyectos literarios animan al escritor?

-Ahora viene la gira promocional de Una tarde con campanas. En junio próximo ya debería tener lista mi nueva novela. El sicario de Morat Alfaz.

También termina un cuento para niños, Luna de maíz, trabaja en un ensayo sobre la presencia de Venezuela en la literatura española y en diversos cuentos.

¿Su fórmula? Frente a la computadora es feliz. “Además, este es un trabajo serio. A la literatura venezolana le hace mucho daño el que los escritores sean famosos por pasar las tardes y las noches en un bar o por cobrar sin trabajar en las oficinas públicas”.

-Al final la tierra siempre llama. ¿Hay fecha para ese boleto de retorno?

-Nunca me he ido del todo, así que no es necesario regresar al sitio donde uno sigue estando.

Violeta Villar Liste



Una tarde con campanas (*)
(Fragmento)


Juan Carlos Méndez Guédez

En la otra ciudad sonaban las campanas. Lo recuerdo en las tardes. Tom, tom, tommmmm. Y cuando empezaban a sonar es que ya volvía mi papá, que ya regresaba Somaira, que ya volvía Augusto, que ya iba a comenzar en la televisión mi programa preferido: Capitaaaaaaaán Centella. La noche llegaba un poquito después, y cuando yo estaba chiquito pensaba que las campanas eran las que traían la noche, que ellas sonaban y por eso se ponía oscuro y así volvía mi papá a casa gritando desde la esquina: chévere cambur; chévere cambur.
Acá en Madrid también suenan. También me gustan mucho, porque cuando suenan las campanas pasan unos minutos y aparece el señor Cunqueiro con Mariana. Los veo en la esquina, ella con su falda de cuadritos, con sus gafas, hablando, hablando mucho. Yo la saludo desde el balcón, doy gritos, y Mariana y el señor Cunqueiro se ríen.
Pero hace unos días, Mariana volvía caminando sola. A veces lo hace. Yo la vi. Comencé a gritarle y ella movió los brazos para saludar. Entonces no sé muy bien qué pasó. Bueno, más bien sí lo sé. Ismael Prados estaba sentado en su banco de siempre, allí, con el libro, con su cara de bobo, con su cara de pajúo, de gilipollas, y yo me fui hasta la cocina. Agarré un tomate podrido que mamá había tirado en la basura, y pegué una carrera hasta que volví al balcón. Cuando Mariana estuvo cerca, cuando pudo mirarme, apunté bien y le pegué un tomatazo en la cabeza a Ismael Prados. Después comencé a hacer al avioncito para que ella me viera, Pero cuando volví a mirarla me asusté. Mariana estaba rara. Mariana no se rió ni un poquito. Mariana apretó la boca y cerró la puerta del edificio.
Mariana ya no me habla. No me saluda en las mañanas, ni me llama en las tardes para que suba a jugar con la consola.
Las campanas siguen sonando todas las tardes. Ya no me asomo a mirar a Mariana porque ella no me contesta, no me mira, sigue hablando con su padre muy seria.
Ahora yo odio esas campanas. No las quiero oír. A mí no me gustan. Porque ojalá se acaben, que no suenen más nunca, que no se oigan esas campanas en Madrid.

(*)Novela de inminente publicación en España por Alianza Editorial

 

 
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