Haz click aqui para |
(El siguiente cuestionario fue realizado por Aisha Parra, estudiante de la Universidad Pedagógica Libertador de Caracas) ¿Tendría alguna reserva en suministrar a nuestro grupo de estudio una síntesis de sus datos biográficos. No lo recuerdo, pero dice mi madre que nací en Barquisimeto en 1967. Luego viví en Quíbor algún tiempo, y después pasamos unos meses en Guanare. El 1ro de marzo de 1968 llegamos a Caracas y allí permanecí hasta enero de 1995 cuando me mudé a España en un corto viaje de estudio que se ha ido prolongando en la medida en que este país me ha permitido sosiego para dedicarme a la escritura. La primera experiencia escolar que recuerdo fue en un colegio que se encontraba en Los Jardines del Valle y que en ese entonces se llamaba Teresa de la Parra. Guardo unas cuantas imágenes de ese lugar: una niña con falda llamada Mónica que tenía unos bellos ojos andaluces; también un primer amigo: José Ramón, un hijo de canarios. Y cierta sensación de tristeza y desarraigo que supongo es común a todo niño que de repente se ve alejado de su casa y sumergido en un ambiente desconocido. Allí apenas estuve un año, pero recuerdo que en ese lugar ya lograba leer fluidamente, y eso significó para mí (aunque eso lo entiendo ahora) la posibilidad de un desdoblamiento, de una ampliación de la experiencia del vivir. Yo tengo hermanas paternas, (con una de ellas mantengo una afectuosísima relación y es uno de los seres fundamentales de mi vida), pero las conocí muchos años después, así que mi infancia tenía ese aire solitario de los hijos únicos y la lectura se convirtió en el refugio contra esa soledad amenazante que significaba mi circunstancia de vida. Un niño migrante que vive con su madre, y cuya familia habita a 400 kilómetros de distancia. He notado que en muchos escritores se repite la experiencia de una enfermedad de infancia que los obligaba a permanecer aislados del mundo cierto tiempo y de la que sobrevivían a partir del universo de las lecturas. Yo creo que mi enfermedad fue esa sensación de desarraigo, esa soledad, y ese sentimiento de no encajar en la ciudad a la que habíamos debido mudarnos. Mi universo natural, pensaba yo, se encontraba en Barquisimeto, el lugar donde transcurrían mis vacaciones rodeado de familia, protegido por infinidad de tías, primas, amigos. Entonces es posible que la lectura haya logrado hacerme subsistir en medio de esa sensación de extrañeza. Una sensación que logré superar en la adolescencia cuando finalmente tuve la posibilidad de regresar a Lara y descubrí que Caracas ya era una parte muy honda de mi ser, era un sitio lleno de amistades, de lugares propios, de complicidades. Fue así cómo me encontré con la necesidad de pertenecer a distintos ámbitos, de ser un poco de cada sitio, de multiplicarme en el arraigo a lugares diferentes, y por eso recuerdo que me manejaba con soltura hablando con acento “guaro” o acento caraqueño según la situación lo requiriese, y de la misma manera mis inquietudes, mis gustos, parecían transformarse en uno u otro lugar. Era como si dentro de mí vivieran dos personas. Eso creo que me ha permitido adquirir una noción importante para la literatura. A través del lenguaje, a través de ciertas palabras, logramos expandir la vida porque podemos multiplicarnos y ser muchos seres. Pero retomando la pregunta, les diré que el resto de la primaria lo realicé en la Escuela Experimental Venezuela. Allí recibí cariñosos estímulos de algunas maestras a las que quizás les llamaba la atención ese niño algo pedante que intentaba hablar como un adulto, y que disfrutaba encerrado en la biblioteca leyendo y leyendo sin orden y sin ningún proyecto definido. Después el bachillerato lo hice en el Liceo Urbaneja Achelpohl. Para mí se trata de una experiencia fundamental. Supongo que también en lo educativo (existían una serie de materias literarias optativas muy interesantes y profesores espléndidos), pero con certeza en el aspecto humano. En ese lugar de Los Rosales conocí la amistad, el compañerismo, la solidaridad, las traiciones, lo erótico, lo grotesco, lo risible, lo esplendoroso. En muchos de mis textos regreso a esa época, y a muchos de mis personajes les adjudico ese espacio. Allí tuve la inconciencia que produce la felicidad. Incluso el dolor de muchas experiencias que viví a esa edad (asuntos normales: la timidez; el desamor; los conflictos ocasionales con algún profesor autoritario), se han transformado con el tiempo en una dulce manera del conocimiento. Era un tiempo en que estas instituciones públicas albergaban con absoluta naturalidad gente de todos los espacios sociales venezolanos. Tanto en la primaria como en el bachillerato compartí pupitres con hijos de ministros, de profesores universitarios, de profesionales, de muchachos humildes de los cerros de Caracas, de gente que como yo era de una clase media baja, de hijos de ex guerrilleros, o de hijos de personas muy conservadoras, de montones de hijos de inmigrantes portugueses, italianos, españoles, colombianos, ecuatorianos (siempre tuve una acentuada debilidad por las hijas de estos extranjeros, y terminé casándome con una de ellas) . Nunca viví la exclusión, ni recuerdo haber excluido a nadie en razón de su apariencia física, sus gustos personales, o su lugar de residencia. La gama de mestizajes era infinita, y eso se vivía con absoluta normalidad. Por eso en la mañana podía visitar a una amiga rubia en su lujosa quinta del este, y luego irme con ella a una modesta casa de el Cementerio a visitar a un amigo negro, y terminábamos cenando los tres en alguna pizzería de Santa Mónica. Ese tipo de experiencias me otorgaron una imagen muy amplia de las posibilidades infinitas que albergaba la ciudad, y eso es algo que me interesa reflejar en mi escritura: los miles de mundos posibles dentro de los que puede transitar una misma persona. En la Universidad Central de Venezuela estudié y me gradué como Licenciado en letras con una tesis sobre los grupos poéticos Tráfico y Guaire; y también realicé estudios de Comunicación Social, aunque los abandoné porque me encantaba ir al cafetín, hablar con los estupendos amigos que allí tuve, pero me espantaba la mediocridad salvaje de algunos profesores y la precariedad material en la que se suponía que debíamos formarnos como periodistas: máquinas en mal estado, estudios inservibles, materias encabalgadas. Luego trabajé en algunas instituciones culturales: Monte Ávila (en la época en que esta editorial producía más de ciento cincuenta libros al año); o el CONAC; siempre con la intención de realizar tareas profesionales que me mantuviesen muy cercano al universo de la literatura. Pero yo tenía la necesidad de tener más horas para mi propio trabajo. Deseaba conseguir la manera de obtener tiempo para disfrutar de la escritura, y entonces surgió la posibilidad de estudiar en España. Acá obtuve el doctorado en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca con una tesis sobre la novelística de José Balza; pero sobre todo gané tiempo para trabajar en mi propia creación. Bryce Echenique comentó en una oportunidad que él se vino a Europa para poder vivir de lo que produjera su máquina de escribir. Yo, con mucha austeridad y algunos sacrificios, lo he logrado hasta ahora. Alguien hace poco me preguntó si comía gracias a mi escritura, le contesté que no del todo, pero que al menos desayunaba. Al saborear su fino sentido del humor, su fresca percepción del mundo y su ternura subyacente, nos preguntamos ¿ Qué impulsó desde la infancia al Méndez Guédez escritor? Yo insistiría en el tema de la soledad. El poeta Leonardo Padrón dijo en alguna ocasión que el hijo único debía inventarse los amigos, los juegos, las situaciones. Así que pienso que ese fue el germen de que mi imaginación desembocase en la escritura. Yo quería (quizás quiero) poblar el mundo, habitarlo, ampliarlo. He citado en otras ocasiones a Pedro Almodóvar porque afirmó que la ficción era un perfeccionamiento de la realidad. Supongo que de eso se trata. Yo intentaba perfeccionar, ajustar, y adecuar mi realidad para hacerla más brillante. Eso se manifestaba de dos maneras. Una era mi distracción perenne. Con mucha frecuencia me desconectaba de la chatura de mi cotidianeidad, para imaginar y suponer situaciones más hilarantes o seductoras. Yo podía ir por la Plaza Morelos, pero donde me encontraba en ese instante era en medio de una película de Pedro Infante, montando a caballo, y rescatando a una muchacha bellísima del ataque de unos forajidos. La otra era esa cierta habilidad para encadenar mentiras creíbles. Y esa habilidad me resultaba placentera, ir construyendo detalles, encajar situaciones, lanzar descripciones amplísimas de lugares o personajes inexistentes me parecía un ejercicio espléndido. Por eso aunque desde los cinco años escribía cuentos basados en las series de televisión o en acontecimientos de la historia venezolana, llegó un instante en la adolescencia en que me percaté que nada me apasionaba más en la existencia que canalizar esas energías (la de la digresión imaginativa, y la de la invención bien elaborada) hacia un oficio donde ambas fuesen necesarias. Por otro lado, recuerdo con fascinación como en mi familia barquisimetana algunos de mis tíos o alguna de mis primas tenían una gran capacidad fabuladora. Yo me maravillaba con esa manera que tenían de revestir lo vulgar y lo corriente con un cierto encanto. El sentido de la vida es que podía ser un cuento y podía reinventarse. Por eso me acerqué a esas posibilidades de la ficción. Yo quería lograr en otros ese brillo en los ojos, esa interrupción de la realidad inmediata, que aquellos fabuladores lograban en mí. ¿Cuáles son los escritores que han influido en su carrera literaria? El tema de las influencias es muy curioso. Hay escritores que tienen influencia de otros autores a los que nunca han leído. Recuerdo un escritor que me mostró un texto con marcas muy claras que apuntaban hacia Dante, pero luego me di cuenta de que esta persona pensaba que La Divina Comedia era un bar de Maracaibo. Una familia amplia, contradictoria, que me protege con sus palabras en los momentos de horror, y que me acompaña en los de euforia, o en los instantes tediosos. Es una familia en perpetuo movimiento. Sin que yo me dé cuenta, a veces algunos desaparecen, y otros se incorporan. Pero no sé si sus palabras son visibles en las mías. Ojalá así sea. A mí esa posibilidad me agrada. Es como cuando alguien te dice que tienes el cabello parecido al de ese tío al que tanto quieres, o cuando te dicen que tienes la voz de ese abuelo al que recuerdas con tantísimo afecto. Tú estás contento de que te identifiquen con ellos, pero quieres pensar que en ti esos rasgos comunes también adquieren una personalidad propia. Yo hablaría de Mark Twain; de Kafka; de Anita Loos; de Pocaterra; de ANÓNIMO (ese autor de tantos textos y canciones, y que tuvo un momento genial cuando escribió El Lazarillo de Tormes); también pensaría en Mijail Bulgakov; Teresa de la Parra; Isaac de Vega; Francisco Massiani; Vargas Llosa; José Balza; John Irving; Evelyn Waugh; Julio Cortázar; Homero; Omar Khayam; Juan Calzadilla; Eugenio Montejo; Carlos Fuentes; Manuel Puig y Bryce Echenique. A su juicio. ¿Cuáles son los movimientos literarios que sustentan el estilo de Méndez Guédez? No creo que ahora mismo haya movimientos muy claros en la literatura. Quizás los investigadores del futuro puedan detectarlos y ponerles un nombre atractivo. Ahora bien, esa es mi respuesta de este año 2002. Me gustaría no tener un “estilo” tan remarcado, tan definitivo que me impida escribir novelas en el futuro muy distintas a las que ahora intento. De los autores latinoamericanos ¿cuál (es) es su preferido? ¿Por qué? Un solo nombre no condensa esa respuesta. La literatura acepta la infidelidad. Yo diría que a cada momento corresponde el encanto con un determinado autor. Mis puntos de referencia han sido y siguen siendo Bryce Echenique, José Balza, Vargas Llosa, Teresa de la Parra y Francisco Massiani. La razón es que en sus libros he logrado aprender a vivir, he conseguido expandir, potenciar la experiencia del vivir. Vivo más plenamente desde que leo y releo a estos autores. ¿Es el humor un elemento fundamental en su obra?. ¿Cree que a través de él las críticas son mejor comprendidas? El humor es un salvavidas. Por la risa sobrevivimos. Yo no me planteo que las críticas puedan ser más incisivas a través del humor, lo que ocurre es que de manera natural a cada situación le busco su lado divertido, gracioso, ridículo.
El humor es inteligencia y muchas veces una forma de la ternura. Por eso desconfío de la ausencia de humor, de la solemnidad. Venezuela ahora mismo está en manos de gente muy solemne, muy altisonante, que sólo saben eructar alguna carcajada, pero que desconocen la sonrisa, la perplejidad del chiste amable.
Pero en general, el humor es un mecanismo para alcanzar la lucidez. El humor te acerca al amor, te acerca a una flexibilidad en la que te vinculas con los otros y puedes ser ellos, sentir un poco como ellos. El humor puede ser un camino a la compasión, al respeto, a la convivencia. De sus libros, ¿cuál es el más parecido a Méndez Guédez y por qué? Yo diría que una mezcla entre Retrato de Abel con isla volcánica al fondo, y El Libro de Esther. Comparto con los personajes de esos libros una difícil relación con lo “paterno” y muchas dosis de angustia. Pero aunque el escritor es como un actor, es decir, se coloca máscaras, finge, representa, siempre está su cuerpo detrás de las palabras que pronuncia, y aunque esas palabras sean las de un peligroso homicida, o las de una mujer millonaria, el escritor le está colocando cosas suyas a ese ser que aparentemente no le pertenece. ¿Árbol de luna es un ejemplo de la nueva novela histórica? Yo no sé muy bien qué es la novela histórica. Los escritores no tenemos una conciencia demasiado teórica de los libros que escribimos. Yo quise divertirme haciendo un libro que tratase un tema muy doloroso para mí, como es nuestro fracaso como país, nuestra gran tragicomedia en estos finales del siglo XX y principios del XXI, y para eso me parecía importante revisar un fragmento de nuestra historia desde una perspectiva doméstica. Hay una bellísima obra de teatro de Fernando Fernán Gómez, de la que Jaime Chavarri hizo una magnífica película: Las bicicletas son para el verano, allí la guerra civil española aparece en una dimensión “casera”, vista con una mirada microscópica. Gracias a esa mirada, en ese segmento en el que todos los personajes de la casa admiten que han robado una cucharada de lentejas, descubres lo que significó la hambruna en Madrid entre los años 36 y 39. Esa anécdota tan dolorosa, te resulta más esclarecedora que muchos relatos históricos. A mí me atrae ese modo de la escritura. Unos personajes comunes que viven sus vidas con aparente normalidad, mientras al fondo la historia con mayúsculas ocurre con todas sus fanfarrias. Fíjense en algo, ya en mi primer libro: Historias del edificio, existía esa forma de acercarme a la narración. Y es que viví muy de cerca el 27 de febrero de 1989, nuestra primera gran tragedia de finales de siglo. Y pasó un buen tiempo hasta que me di cuenta de que acabábamos de vivir “un acontecimiento histórico”, porque para mí aquellos días se explicaban por detalles muy sencillos. Mi culpa por no comprar comida esa noche a pesar de que mi madre me lo pidió por teléfono (yo estaba viendo una película de Cantinflas y no quise ir al Abasto; unas horas después el abasto había sido destrozado y estuvimos un par de días comiendo Corn Flakes y arvejas); mi perra pequinesa que en medio de las ráfagas de fal pensaba que estábamos jugando con ella cuando nos tirábamos al piso para evitar alguna bala perdida; y esos cuatro cigarrillos que yo fumaba por partes para que nunca se acabaran. Ahora bien, Árbol de luna sería quizás una visión microhistórica de la Venezuela y la España de finales del siglo XX y principios del XXI, pero algo muy importante para mí es que también es una novela sobre la amistad. La amistad como un territorio de la pureza. Fíjense que Estela es un ser vil, cínico, ambicioso, pero el lado luminoso de su vida es la amistad con Tulio. Y es una amistad muy honda que no incluye lo erótico, eso también me interesaba, porque se supone siempre que un hombre y una mujer sólo pueden ser amigos desde la atracción física, desde la ambigüedad, y la existencia real te demuestra que eso no siempre es cierto. Así que algunas mujeres me comentaban que deseaban leer un libro donde una mujer fuese plenamente amiga de un hombre por el que ella no sintiese atracción física, porque esta era una situación muy normal que las ficciones literarias o cinematográficas nunca reflejaban. ¿Dónde está la materia, el motivo, la sustancia para un escritor? Muchas veces en otros libros. Y otras tantas en la existencia más común. En la mirada con la que contemplas a los otros, y los oyes. Muchas de las historias de mis novelas son una mezcla de historias que me han relatado algunas personas con algunas mínimas dosis de mis propias vivencias. El escritor es un curioso. Todo el tiempo, las 24 horas del días está con los sentidos muy abiertos porque sus historias pueden llamarlo en cualquier lugar. Dentro de una biblioteca en la que está leyendo un libro de viajes de León Trostki, o comiendo un perro caliente, o en un juego de béisbol. ¿Qué es lo más trabajado, minucioso en Árbol de luna: el tiempo, la construcción de la secuencias o descubrir por qué Árbol de luna? Quizás la construcción de las secuencias. Deseaba que tuviesen un equilibrio, que se complementaran, que los saltos y continuidades que se realizaban en ellas, lanzaran la acción novelesca siempre hacia delante, de forma que el lector sintiera que aquella historia lo llevaba hacia alguna parte. Por otro lado, quería incorporar diversos géneros que otorgasen al libro una diversidad que pudiese seducir al lector. Por eso hay modos dramáticos; un diario; cartas, que complementan el trabajo de los narradores protagonistas y el narrador omnisciente. Yo quería narrar de muchas formas posibles, para que en su aparente sencillez, el libro me permitiese desarrollar escrituras que no estaban presentes en mis libros anteriores. ¿Qué identifica a los escritores latinoamericanos: el estilo, la temática, la época o ...? Yo diría que cierto arraigo a su realidad inmediata, pero a partir de un mestizaje que lo conecta con lo universal. ¿Cómo reacciona Méndez Guédez ante la crítica? ¿Cuál ha sido la mejor y la peor crítica que le han hecho? Los escritores tratan de dar respuestas muy maduras, muy inteligentes sobre este tema. Casi siempre intentan mostrar cierta indiferencia y cierta ecuanimidad. Te dicen cosas como que no hay que creerse las críticas buenas, porque tendrás que creerte las malas. Pero yo trataré de ser muy sincero: las críticas positivas me despiertan una euforia que dura unos tres días, y las negativas me deprimen un semana. Luego ese efecto se extingue. De nuevo quedas solitario frente a tus propias dudas y tus propias certezas. De nuevo eres tú frente al encanto que te produce imaginar, juntar palabras, paladear frases. Ninguna crítica logra salvarte como escritor, ni tampoco logra destruirte. Me producen infinito orgullo críticas positivas de escritores a quienes admiro como Bryce Echenique; Salvador Garmendia y José Balza. Y recuerdo con desazón algunos críticos profesionales que han pedido mi cabeza. Pero ocurre que el oficio de la escritura es un oficio volcado hacia el afuera. El escritor se muestra y se exhibe, y por lo tanto tiene que saber que su expresión siempre tendrá una respuesta. Es decir, si no estás preparado para ser educado y contenido con los críticos que te destrozan, mejor dedícate a un oficio que no permita la evaluación constante. Pero ojo, ni siquiera el mejor crítico del mundo tiene para la literatura el mismo peso y la misma importancia que el peor escritor de la tierra. Cuando vemos el fútbol en la televisión nos interesa el juego de Rivaldo; nos interesan las astucias de Raúl; no lo que dicen los comentaristas sobre su juego. Pues ocurre lo mismo con la literatura. ¿La mejor crítica? Una amiga me comentó de unas personas que le habían dicho que al leerme sentían que estaban hablando con un amigo. Haber conseguido esa complicidad con alguien me parece estupendo. ¿La peor? La peor es cuando te ignoran. Uno como en la canción le pide a los lectores: “odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”. ¿Es Estela Dublín ¿Marycruz García? Un estereotipo de mujer Venezolana?. Digamos que es un tipo posible de mujer. Hay tantos tipos de mujeres como mujeres existen. Pero Estela Marycruz es ese ser del que todos los hombres se enamoran, y al que todos las mujeres detestan. Ella vive para la seducción ( y no me refiero en exclusivo a la seducción erótica), y para reinar en las situaciones de su vida cotidiana. También es el tipo de persona que hace de sus limitaciones una virtud. Existen hombres que hacen lo mismo, pero las situaciones de desigualdad entre los géneros provocan que sea mayor el número de mujeres que deban valerse de su capacidad envolvente para sobrevivir. La historia venezolana cuenta con unas cuantas Estelas, y por eso me interesó ese tipo de personaje, entre otras cosas, porque la mediocridad y la ineptitud de los hombres que las rodeaban jamás era reseñada por la gente. Las personas se fijaban en la mujer, la culpabilizaban a ella, la señalaban, la demonizaban. El hombre quedaba exento de responsabilidad porque sus culpas las absorbía la “mala mujer que cruzó el camino” (como diría Javier Solís). Ahora bien, no pierdan de vista un detalle, yo descubrí que debía escribir un personaje como Estela después de leer una novela deliciosa llamada Los caballeros las prefieren rubias de Anita Loss. Así que mi “inspiración” no fue exclusivamente venezolana. Lo que ocurre es que me sedujo la opción de contar nuestra historia desde la visión de una mujer muy inteligente que pretende no serlo, para utilizar el machismo de la sociedad en que vive, como un arma a su favor ( todavía en muchos segmentos de la sociedad venezolana, las mujeres inteligentes generan desconfianza y rechazo, es duro decirlo, pero es así). ¿Los protagonistas representan verdaderos conceptos de lo Femenino y Masculino latinoamericano?. Digamos más bien que representan posibilidades de lo femenino y lo masculino en el mundo. Ahora bien, tanto en Árbol de luna como en mis dos novelas anteriores se produce un cierto drama en los personajes masculinos. Ellos fueron educados para relacionarse con mujeres dóciles, serviciales, resignadas. Y al llegar a la edad adulta descubren que las mujeres actuales ya no se comportan de esa manera, que son seres con intereses propios, con iniciativas, con ambiciones, entonces eso les produce un gran conflicto interior. La mujer actual no es ese ser silencioso que se sacrifica para que su marido tenga éxito y sea un héroe poderoso, dominador. Ella misma quiere dirigir su destino. Y en mis novelas he tratado de representar este momento tan interesante del mundo actual en el que ha habido una gran transformación del concepto de lo femenino, y en que las formas de la masculinidad han entrado en crisis. Eso se puede vislumbrar muy claramente en Retrato de Abel con isla volcánica al fondo, y es un elemento que puede tener algún peso en El Libro de Esther. ¿Qué le obsequia Méndez Guédez a Tulio a través del Árbol de luna? Creo que el Árbol de luna tiene una carga simbólica. Yo he intentado comprenderla después de haber escrito el libro porque en el momento inicial uno no tiene conciencia de esos posible significados. Creo que el Árbol de luna es la fusión entre lo paterno y lo materno, entre lo femenino y lo masculino, es el equilibrio del ser que vislumbra la plenitud en esa conjunción de elementos aparentemente contrarios. Cuando utiliza la palabra “tratado” ¿ cuál es el significado que refiere? Yo deseaba escribir una novela picaresca del siglo XX. Por eso utilicé el tipo de títulos que antecedían los capítulos de algunas de esas novelas.
|
|
© 2005 Juan Carlos Méndez Guédez Biografía | Libros | Crítica | Entrevista | Comprar | Noticias | Textos |
||